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La generación del ‘900 en Uruguay

Vista parcial de la Ciudad Vieja, en las inmediaciones de la Iglesia Matriz, alrededor de 1900

Vista parcial de la Ciudad Vieja, en las inmediaciones de la Iglesia Matriz, alrededor de 1900

I: Los tiempos estaban cambiando (introducción breve)

 

Si se trata de hablar de ese movimiento tan importante que fue para nuestras letras la Generación del ‘900, es imprescindible también expresar algunas palabras acerca de cómo Uruguay fue transformándose en los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX.

En 1876 José Pedro Varela publica un libro llamado “La legilsación escolar” y, en cierto pasaje del mismo, el autor plantea que es imposible establecer una educación de calidad en una sociedad como la uruguaya considerando los problemas que tenía por esos años. Varela es claro: no se podían establecer escuelas y hacer que la educación cumpliera su papel adecuadamente si se vivía en un país en el que la guerra y la violencia eran una cosa de todos los días. Y así era: desde la independencia del país a la fecha en que Varela escribe eso, se sucedieron dieciséis revoluciones que enfrentaron a blancos y colorados por quedarse con el poder. Varela dice que la guerra era el estado natural de nuestra república y que los años de paz o de relativa tranquilidad eran muy pocos.

Más o menos en esa época en que Varela publica esa obra, un escritor inglés recorría nuestras tierras observando la vida de su población y también el comportamiento de sus pájaros, ya que también se dedicaba a la ornitología (la rama de la zoología que estudia el comportamiento de las aves). Se trataba de William Henry Hudson, que algunos años después, ya en Londres, iba a escribir una novela titulada “The purple land”, o sea “La tierra purpúrea”. Por lo que se sabe, Hudson estuvo en nuestro país en los días en que el caudillo blanco Timoteo Aparicio se rebeló contra el Presidente colorado Lorenzo Batlle e inició la Revolución de las Lanzas, en 1870. En la novela, el protagonista, llamado Richard Lamb. se ve envuelto en una batalla entre blancos y colorados, algo que bien pudo haber presenciado el escritor. Para muchos estudiosos, el título de la novela se refiere a la tierra que queda púrpura de tanta sangre derramada, de tantos enfrentamientos y hechos violentos en los que los uruguayos dejaban la vida. La expresión “tierra purpúrea” entonces, bien podría ser una especie de metáfora de lo que era la situación social de nuestro país en el siglo XIX. El degüello, por ejemplo, era una práctica usual en los enfrentamientos. Al finalizar una batalla se hacía sonar lo que se llamaba el “toque de degüello”, y posteriormente los vencedores pasaban a degollar los cuerpos de los vencidos, estuvieran muertos o haciéndose los muertos…

II: Rompan todo

 

¿Y por qué toda esta historia previa para hablar de la Generación del ‘900? Por lo siguiente…

Porque Uruguay cambió, y cambió mucho en un período relativamente breve de su historia. El pasaje del siglo XIX al XX trajo la “modernización” en muchos aspectos: las comunicaciones, las costumbres, la tecnología, la moda, y, por supuesto, las expresiones culturales todas. Sobre fines del XIX nació en América un movimiento literario denominado Modernismo (para muchos con la aparición del libro “Azul…”, de Rubén Darío, en 1888). El Modernismo es parte de ese impulso de renovación que se vivía en la época, y en cuanto a las obras de los escritores modernistas, en ellos predominaba la búsqueda de la innovación tanto en el uso del lenguaje como en los temas que abordaban. Los modernistas pusieron especial atención en la elaboración del lenguaje que utilizaban, caracterizándose el mismo por la riqueza y la musicalidad en la elección de las palabras (aspecto, entre otros, que tomaron de los poetas simbolistas franceses). La pasión por lo nuevo también los llevó a interesarse por lo profundamente americano, por buscar un modo de expresión, un modo de decir las cosas que representara realmente a América, y que la distinguiera de la cultura europea. En nuestro país, los seguidores del Modernismo fueron los integrantes de la Generación del ‘900, poetas como Julio Herrera y Reissig, Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira o Roberto de las Carreras; narradores como Horacio Quiroga, Carlos Reyles o Javier de Viana; dramaturgos como Florencio Sánchez; pensadores como José Enrique Rodó o Carlos Vaz Ferreira.

Hablar del ‘900 uruguayo es hablar de una ruptura en nuestras letras, es hablar de la aparición de un grupo de escritores como no había tenido este país hasta esa época. También, a primera vista puede pensarse que todos estos autores tenían estilos y temáticas similares. Sin embargo, si bien en todos estaba la preocupación por la novedad y por la renovación de la expresión (como en el Modernismo), puede notarse una gran variedad de enfoques. Dicho ánimo de ratificar la novedad y los desafíos de un mundo nuevo puede verse en el pensamiento de José Enrique Rodó, en obras suyas como “Ariel” o “La vida nueva”. Casi podría decirse que en esos libros hay un tono esperanzador. ¿Pero qué sucede si pasamos a Florencio Sánchez? En las obras de teatro de Florencio predomina la fuerte crítica social, demostrando a veces de manera muy fuerte la tristeza y el desamparo en el que vivía mucha gente. Y los ejemplos pueden seguir. En Julio Herrera y Reissig vemos la fineza en el trabajo de cada verso, buscando una máxima persuasión en el lector a través de la musicalidad y la evocación de imágenes. Herrera y Reissig fue un poeta interesado además por la novedad de lo exótico. Su amigo, el también poeta Roberto de las Carreras, fue una personalidad extrema y polémica para el Montevideo de la época. Él estaba a favor de la liberación sexual y de la libre expresión de la sexualidad, lo que chocaba con la dura moral de esos años, llena de prejuicios y costumbres que iban quedando en desuso. En este último caso vemos dos de los temas que inquietaron a la Generación del ‘900: el sexo y la moral. Para citar otro ejemplo, otra poeta, Delmira Agustini, incluye en sus versos un fuerte contenido erótico y una defensa de los derechos de la mujer al placer sexual. Es por esto que podemos volver a hacer hincapié en lo de la renovación. Poetas como Herrera y Reissig, de las Carreras o Agustini se adelantaron a su época; ellos sintieron que vivían en una sociedad que se había quedado vieja en su moral, en sus costumbres, en su manera de observar el mundo y sus cambios; por eso plantearon a través de sus obras la posibiliad de una “nueva mirada”, aunque hayan sufrido el desprecio de los demás por eso. Otro escritor, Carlos Reyles, en su novela “La raza de Caín”, toma también este tema narrando la vida de unos personajes jóvenes que entran en la adultez sintiendo que no encajan con los valores de la sociedad en la que están. Pero hablar de la Generación del ‘900 es hablar de un fenómeno muy complejo y más extenso, donde entran por ejemplo autores que se preocupan por lo gauchesco, como el mismo Carlos Reyles o Javier de Viana. Incluso el mismo Horacio Quiroga es un caso especial en este conjunto de escritores, ya que al irse tan pronto de Montevideo (luego de matar accidentalmente a su amigo Federico Ferrando en el año 1902), se instala en Buenos Aires, por lo que pierde mayor contacto con los autores del ‘900 uruguayo. Además, el encuentro con la selva del norte argentino fue para este escritor un giro inesperado en su manera de escribir. Sin embargo, Quiroga no deja de ser (aunque raro) un hijo de su época, y pueden encontrarse ejemplos de sus cuentos en los que el lenguaje recuerda la manera de escribir de los Modernistas, de los integrantes de su generación.

Damián González Bertolino

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Apuntes sobre la Generación del Centenario

En la historia de un país latinoamericano, el primer centenario de su vida nominalmente soberana, siempre ha parecido convocar, imperativamente, una generación. […] Y así podría seguirse, recordando también que fue tras 1930 que maduraron las carreras literarias de casi todos los escritores del ’20 y que asimismo pertencen por su nacimiento al rol generacional que estamos esbozando quienes serían las dos influencias y las dos presencias más vivas entre los mayores en el que lo siguió: Felisberto Hernández (1902-1964; primera obra circulante: 1942), Juan Carlos Onetti (1909-1994; primera obra. 1939). Minucias parecerán estas, comunes a todo esbozo generacional pero cuya significación incrementan la débil conciencia colectiva de los escritores que deben ser convocados. Publicaciones, grupos, empresas, sí, los juntan, del tipo de las revistas La Pluma y Alfar, la más duradera -esporádicamente duradera- y representativa de sus felicidades […] Toda esa promoción […] creció bajo el signo de la “década rosada” […]. Peculiaridad de la Generación del Centenario fue cierta desconfianza y un desvelado afán de perfección que contrasta abruptamente con la cándida seguridad con que cantaron o prosearon los escritores de la generación precedente […]

Carlos Rodríguez Pintos (1895-1985), Esther de Cáceres (1903-1971) y Selva Márquez (1903-1981) entre los líricos; Juan José Morosoli (1899-1957) y Enrique Amorim (1900-1960) en los narradores; Jesualdo (1905-1985) y Giselda Zani (1909-1975) de variados intereses y modos expresivos; Gervasio Guillot Muñoz (1897-1975), la conciencia crítica (sino el crítico militante) que más importó y, en la acción periodística y política, un hombre sobre cuyos logros descansaría buena parte de las generaciones que siguieron: Carlos Quijano (1899-1984).

Carlos Real de Azúa

(Extraído de “Diccionario de Literatura Uruguaya, tomo III”, Montevideo, Arca, 1991)