la CLaSE dEl AiRE

Juan José Morosoli (biografía)

Junio 16, 2009 · 11 comentarios

(Minas, 1899-1957)

Narrador, poeta y ensayista. Nació y murió en Minas, donde vivió toda su vida. Hijo de un inmigrante suizo, de profesión albañil, su formación fue autodidacta. Cursó sólo dos años de escuela primaria, que debió abandonar en 1909, para ponerse a trabajar. Fue mandadero, vendió carbón, fue mozo de café y después dueño, hasta instalarse con almacén y barraca, a cuyo frente estuvo hasta su muerte. Sus primeras publicaciones fueron dos colecciones de versos (1925 y 1928). Por la misma época, ya dueño del café Suizo, ubicado en el centro de Minas, participa de la intensa movida cultural que, tomando como base el mismo café y los teatros Escudero y Lavalleja, caracterizó por aquel entonces a aquella ciudad. [...] serán sus cuentos los que le valdrán un lugar de primera línea en la literatura uruguaya. En 1932 publica “Hombres” que, bajo el subtítulo de “Cuentos regionales”, trae algo nuevo, un estilo que es pura fuerza, como lo haría notar Francísco Espínola, pero que es también profundamente lírico. [...] Un aire coloquial campea en todos estos cuentos y en los de “Los albañiles de Los Tapes” (su libro siguiente, y una de sus obras maestras), dándoles esa particular tonalidad que hacía que el mismo Morosoli se calificara de “artista cimarrón”. Nada de esto tiene que ver, sin embargo, con el simple pintoresquismo o el costumbrismo superficial. Morosoli vio el peligro: “Era la hora de entrar en el hombre (…) se vio luego que no era coleccionando refranes y frases, imágenes, que podía interpretarse ese hombre”. De ahí que su coloquialismo no caiga nunca en lo inauténtico, en lo puramente refranero, en el mero adorno verbal, como lo ha visto César Aira: “Morosoli es un autor tan extraño como genial; también es infinitamente discreto y su genio, tanto como su esencial extrañeza, pueden pasar desapercibidos. Puede parecer un criollista de los tantos que hubo en Uruguay. Apenas más diestro que otros en la redacción de breves cuentos de sentido suspendido, que más parecen comentarios sobre personajes curiosos del campo y de los pueblos. Sus peculiaridades son como un regusto para lectores meditativos”. El hombre será el centro de estos cuentos, pero una clase de hombre perfectamente determinada, los que Morosoli llama los “vivientes”: “seres marginales, sin oficio, o con oficios que apenas dan para sobrevivir, una especie de resaca social fuera de época, a la que el escritor se propone salvar del olvido, antes de su extinción definitiva, o mujeres aisladas y marginadas de todo lo que pasa fuera de sus grandes caserones, que protagonizan varios de sus cuentos más poéticos y desolados. A través de estos personajes anónimos Morosoli plantea una de las interpretaciones más profundas que se hayan hecho de la situación y la idiosioncrasia de la población rural del Uruguay y en las primeras décadas del siglo. Hay dos temas constantes y recurrentes: el silencio y la soledad, que no son sino el resultado de la realidad de un campo casi desierto, “sin árboles y sin gente”, hecho de planos muertos y distancias vacías. Otro tema es la muerte, como observa Carina Blixen: “Tras distintas máscaras, la gran presencia en el mundo morosoliano es la muerte. (…) Sus personajes se vuelven la proyección dramática de un duelo personal con la soledad y la muerte. (…) La mayoría de los personajes de Morosoli son seres sin nada, que crecen como plantas. Solos, sin afectos. Son como la prueba de que la vida tiene sentido en sí misma, no necesita de justificaciones (…) En esa lucha contra el olvido, que es la muerte, la narración capta momentos en la vida de unos personajes que parecen no tener recuerdos. No hay continuidad, no hay psicología, no hay individuo en tanto historia. Hay momentos que se suceden y que nos permiten atisbar un mundo inferior que en última instancia permanece misterioso”. Para dar esto Morosoli no se pone a teorizar. Es un cuentista nato, y lo que quiere dar surge de la anécdota, de la situación, del diálogo áspero o chispeante, de la abundante creación de personajes que, no por ser “vivientes”, dejan de ser, en la mirada del autor, únicos y originales. La técnica de Morosoli es también singularísima. Su forma preferida es el cuento breve, a menudo de tres o cuatro páginas; su procedimiento narrativo es violentamente elíptico, concentrado en lo esencial, volcado directamente al nudo dramático, del que no se aparta por ningún tipo de digresión. Si en “Hombres” y en “Los albañiles de Los Tapes” pueden encontrarse algunos cuentos de estructura imperfecta, en sus últimos libros, especialmente en “Tierra y tiempo”, llega a un total dominio de la forma y la estructura del cuento corto, lo que hace de este último un título clave en la historia de la narrativa uruguaya. En dos ocasiones Morosoli abandona la forma del cuento corto, y lo hace con éxito. La primera es en la nouvelle que da nombre a “Los albañiles de Los tapes”. La segunda, cuando publica su única novela, “Muchachos”. [...] Morosoli cultivó también la literatura infantil (poesía y prosa) y en tal sentido han tenido enorme éxito y difusión los breves relatos para niños que reuniera en 1945 bajo el título de “Perico”. Escribió asimismo gran número de ensayos que nunca reunió en libro y que tienen un considerable interés para comprender su narrativa, pues en gran parte son una paráfrasis de sus cuentos, un planteo teórico consciente de su posición ante el arte, de su oficio de narrador. En 1999 se efectuó una reedición ampliada de sus obras, en seis tomos, tarea emprendida por Ediciones de la Banda Oriental, con la colaboración de la Intendencia de Lavalleja, la Fundación Lolita Rubial y, en el sexto tomo, la Universidad de la República.

Heber Raviolo.

(Extraído de: Nuevo diccionario de la Literatura Uruguaya, tomo II, pág. 97 y siguientes; Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2001; )

Categorías: General
Etiquetado: ,

11 respuestas hasta el momento ↓

Dejar un comentario